La Pérdida y el Dolor

Todas las pérdidas que generaron con antelación algún tipo de enclave relacionado con la pena o el dolor, continúan activas generación tras generación.
El dolor inconsciente que arrastró un difunto durante su vida, quedará como una impronta y lastre a equilibrar durante generaciones.
El solo hecho de percibir un fallecimiento con un sentido de liberación; “¡por fin murió el maltratador!” o el “depredador energético”, (por fin murió mi marido, mi mujer, mi madre o mi padre) en cualquiera de los casos, representa un duelo sin integrar. Todo el “dolor” anterior acumulado será encubierto tras una capa de “liberación momentánea”, (en el mejor de los casos), trascendiendo el resto de sensaciones resentidas a las siguientes generaciones.
Las pérdidas repentinas que dejaron un imprevisto vacío en la vida de hombres o mujeres con respecto al clan; esposos o esposas, hijos o hermanos que “se fueron sin avisar”, suelen dejar improntas que perduran más allá de la vida de los afectados.
Muertes en guerras, desapariciones de cuerpos que no se pueden enterrar, accidentes, suicidios, enfermedades fulminantes, muertes de la madre en el parto…
Los apegos exacerbados se transformarán en duelos sin resolver, (dolores contenidos) en casos donde el fallecido represente un baluarte emocional para los demás.
Cuando hablamos de dolor relacionado con la pérdida, tendremos que incluir situaciones coyunturales de todos los tipos; divorcios, separaciones, abandonos, orfandad, pérdidas de prestigio social o poderío económico; de referentes, afecto, consideración, reconocimiento o valoración…
Los amores prohibidos.
Los sueños sin cumplir.
La mala conciencia.
Las deudas físicas o emocionales. (Económicas o morales).
Las carencias existenciales de cualquier índole en general, comprenden un compendio amplio y complejo donde el dolor, fue encubierto con capas de victimismo o huida; de resistencia o disimulo; de sustituciones ilusorias o máscaras de impasibilidad:
De rigidez, maltrato o borrachera.
Todo ello edulcorado con personajes alternativos artificiales, gestados desde una necesidad de “supervivencia y superación”.
Lo último que nos permitimos conscientemente durante el transcurso de nuestra vida es manifestar “la maldad”, porque siempre contiene aquello que identificamos con «el desgarro, la pena o el sufrimiento», que no son sino «miedo, rabia, ira, odio o asco reprimido», en todos los casos.
Esa mezcla insondable conforma una o muchas entidades o “fuerzas vivas”, que serán las que dominen el espectro de información que acompañará al clan y a sus componentes individuales durante su transcurso existencial.
Generando el síndrome de posesión o “yaciente”, y dirigiendo vidas al completo en todos los aspectos existenciales, coyunturales, de vocación, de relación; con nuestros hijos, con nuestra proyección vital, nuestra personalidad y nuestro carácter.
Siendo nuestra personalidad y el carácter, reducto y expresión inequívoca de un conjunto de programas transgeneracionales, que conformarán lo que hemos dado en llamar, personaje o persona.
Muchas de las situaciones regidas por programas de carencia existencial, provienen de situaciones donde la ruina familiar o grandes conflictos relacionados con la bonanza económica, grabaron improntas de supervivencia para las siguientes generaciones.
¡Qué ajenos hemos estado de las cosas más obvias por evidentes!… A la vez que veladas tras un manto casi mágico. Un sortilegio confeccionado de palabras encriptadas, costumbres aprendidas y programas en todo su esplendor.
Frivolizamos con el recuerdo sin prestar atención a su verdadera cualidad: El acto de Re-cordar, (cuyo concepto real proviene de
“recuperar la cuerda o la cordura”, conteniendo en sí mismo todas las
posibilidades de reencuentro y sanación), se limitó a la evocación
efímera o anecdótica de nuestros supuestos “momentos pasados”,
nublando su enorme potencial y su literal significado.
Si recuerdas de verdad sanas, porque recuperas la cuerda que te une
contigo mismo más allá de las apariencias.
«Re-cordar = Recuperar la Cordura».
No es que estemos enfermos, es que estamos locos, pues solo un Ser
Universal que ha perdido su cuerda, (su cordura), su verdadero juicio,
(su conexión con la divinidad), o su solvencia existencial (su identidad
atemporal), —puede llegar a enfermar—.
Por eso en el recuerdo profundo y no en el olvido se encuentra la Gran
Clave que nos llevará al «Centro mismo de Nosotros Mismos».
Quizá la muerte sea la respuesta ideada por nuestra tendencia a
olvidarnos de todo…
Por eso existe el árbol transgeneracional, para «re-cordarnos que
nada se olvida»; que todo habrá de repetirse aunque nos pese.
Aunque sigamos empeñados en olvidar.
Somos los hijos del olvido generacional, que se repite una y
otra vez hasta la locura.
Re-cordar, es la clave.
